Con mi amigo Mariano  Conversando en libertad
Estaba tumbado en mi sillón de Ikea, muy confortable, viendo una película, intrascendente, pero con mensaje filosófico barato, de la España de pandereta, sobre la mili obligatoria de hace unos cuantos años, y llamada “La quinta del porro”. Estaba viendo la escena en la que un taxista, catalán, lleva a un recluta de Barcelona a Alicante con su novia, quedándose dormido encima de la taza de un wáter, en un área de servicio de carretera, donde el hombre se estaba aliviando de su pesadez estomacal. De pronto sonó el móvil y observe que el número no me era conocido. Lo abrí y dije un diga, casi como un vete a la m..... - No me conoces. - Pues no –le respondí. Su voz me era conocida, pero hablo con mucha gente por teléfono al cabo del día, por lo que preferí que él me lo dijese en vez estar adivinando-. - Soy Mariano. - Coño. Mariano donde estás. - En Zaragoza, he vuelto. Me han destinado, hasta la jubilación, a nuestra tierra. - Cuanto tiempo. Nos tenemos que ver. - Pues si quieres dentro de 10 minutos, porque estoy en tu calle. - En vez de 10 minutos, serán 30. Donde quedamos –le dije-. - Pues si quieres en este café que han abierto donde estaba las Vegas. - Así en “Il café di Roma”. - Vale mientras tanto compraré algo en El Corte Inglés. - Hasta ahora. - Adiós. Hacia cerca de 10 años que no veía a Mariano. Sabía de él porque de vez en cuando nos llamábamos, nos felicitábamos para los cumpleaños y para Navidad. Me arreglé y me dispuse acudir a su encuentro. Cuando llegue estaba sentado en un velador, con una bolsa del Corte Inglés y otra de la Casa del libro. Se levantó con tanto ímpetu que el velador se fue al suelo, con un estruendo que hasta las personas que pasaban por la acera miraron al interior. El café que se estaba tomando salió disparado y fue a parar a la mesa contigua, en la mitad de la falda de una señora, no mucho, mayor que nosotros, quien dio un grito; por el susto, la mancha de café y el quemazo que se llevó. - Animal –dijo la señora con un enfado monumental-. - Ha sido sin querer –dijo Mariano colorado como un tomate muy maduro de la huerta de Zaragoza-. - Se ha hecho daño –le dije yo-. - Los animales deben de estar en la cuadra –nos dijo mirando con mirada de odio terrorífico-. - Señora, mi amigo ha tenido un accidente, se está disculpando y creo que no nos debe de insultar. - Señora no se preocupe yo le pago la tintorería y lo que sea. Mientras la señora intentaba restregar la mancha del café con intención de quitársela consiguiendo extenderla más, le dije a Mariano por lo bajo: - Ten cuidado con lo que dices, a ver si tienes un disgusto mayor. - No seas animal –me recrimino-. La profesional de restauración, o sea la camarera hispano-americana, vino enseguida para ayudar a la señora y recoger el velador. - No se preocupe por la mesa que la levanto yo. Atienda a la señora por favor. –Le dije-. Llevaba un paño mojado con agua del surtidor de vapor de la cafetera. La señora volvió a gritar por el quemazo. Después de restregarle bien el trapo, manchado con posos de café, aquello parecía algo horripilante. Mi amigo al comprobar que aquello le iba a costar más de la cuenta recrimino a la profesional de restauración: - Deje ya de restregar, se lleva al tinte y ya está. Se metió la mano al bolsillo, de la americana, y saco la cartera de donde extrajo una tarjeta de visita y la dio a la señora diciendo: - Mire aquí tiene mis datos. Le ruego lleve Ud. la prenda a la tintorería que desee y me llame para hacerme el cargo de la factura. - Así lo haré. Hay que ver con que ímpetu se levanta Ud. Viene una a tomarse un café y parece que se ha metido en la ducha. Y además se mancha - Vuelvo a decirle que me perdone. Ante esta incómoda situación, me metí la mano en el bolsillo, saque unas monedas y le dije a la camarera. - Cuanto es el café de mi amigo. - 1,60 señores. - Cóbrese, le doy 2 €. Mariano creo que nos debemos de ir. Señora tranquilícese. Mi amigo es un caballero y le repondrá el daño. - Las vueltas. - Quédeselas - Gracias. - Adiós. Mi amigo me siguió hasta la calle. Anduvimos unos cuantos pasos. Nos volvimos de frente. Nos dimos un abrazo riéndonos a mandíbula batiente. La gente se nos quedó mirando.
© PLCF 2009
Home Lab. culinario Arte gastronómico Fotos viajes
001-Reencuentro
Con mi amigo Mariano  Conversando en libertad
© PLCF 2009
001-Reencuentro
Home Lab. culinario Arte gastronómico Fotos viajes
Estaba tumbado en mi sillón de Ikea, muy confortable, viendo una película, intrascendente, pero con mensaje filosófico barato, de la España de pandereta, sobre la mili obligatoria de hace unos cuantos años, y llamada “La quinta del porro”. Estaba viendo la escena en la que un taxista, catalán, lleva a un recluta de Barcelona a Alicante con su novia, quedándose dormido encima de la taza de un wáter, en un área de servicio de carretera, donde el hombre se estaba aliviando de su pesadez estomacal. De pronto sonó el móvil y observe que el número no me era conocido. Lo abrí y dije un diga, casi como un vete a la m..... - No me conoces. - Pues no –le respondí. Su voz me era conocida, pero hablo con mucha gente por teléfono al cabo del día, por lo que preferí que él me lo dijese en vez estar adivinando-. - Soy Mariano. - Coño. Mariano donde estás. - En Zaragoza, he vuelto. Me han destinado, hasta la jubilación, a nuestra tierra. - Cuanto tiempo. Nos tenemos que ver. - Pues si quieres dentro de 10 minutos, porque estoy en tu calle. - En vez de 10 minutos, serán 30. Donde quedamos –le dije- . - Pues si quieres en este café que han abierto donde estaba las Vegas. - Así en “Il café di Roma”. - Vale mientras tanto compraré algo en El Corte Inglés. - Hasta ahora. - Adiós. Hacia cerca de 10 años que no veía a Mariano. Sabía de él porque de vez en cuando nos llamábamos, nos felicitábamos para los cumpleaños y para Navidad. Me arreglé y me dispuse acudir a su encuentro. Cuando llegue estaba sentado en un velador, con una bolsa del Corte Inglés y otra de la Casa del libro. Se levantó con tanto ímpetu que el velador se fue al suelo, con un estruendo que hasta las personas que pasaban por la acera miraron al interior. El café que se estaba tomando salió disparado y fue a parar a la mesa contigua, en la mitad de la falda de una señora, no mucho, mayor que nosotros, quien dio un grito; por el susto, la mancha de café y el quemazo que se llevó. - Animal –dijo la señora con un enfado monumental-. - Ha sido sin querer –dijo Mariano colorado como un tomate muy maduro de la huerta de Zaragoza-. - Se ha hecho daño –le dije yo-. - Los animales deben de estar en la cuadra –nos dijo mirando con mirada de odio terrorífico-. - Señora, mi amigo ha tenido un accidente, se está disculpando y creo que no nos debe de insultar. - Señora no se preocupe yo le pago la tintorería y lo que sea. Mientras la señora intentaba restregar la mancha del café con intención de quitársela consiguiendo extenderla más, le dije a Mariano por lo bajo: - Ten cuidado con lo que dices, a ver si tienes un disgusto mayor. - No seas animal –me recrimino-. La profesional de restauración, o sea la camarera hispano- americana, vino enseguida para ayudar a la señora y recoger el velador. - No se preocupe por la mesa que la levanto yo. Atienda a la señora por favor. –Le dije-. Llevaba un paño mojado con agua del surtidor de vapor de la cafetera. La señora volvió a gritar por el quemazo. Después de restregarle bien el trapo, manchado con posos de café, aquello parecía algo horripilante. Mi amigo al comprobar que aquello le iba a costar más de la cuenta recrimino a la profesional de restauración: - Deje ya de restregar, se lleva al tinte y ya está. Se metió la mano al bolsillo, de la americana, y saco la cartera de donde extrajo una tarjeta de visita y la dio a la señora diciendo: - Mire aquí tiene mis datos. Le ruego lleve Ud. la prenda a la tintorería que desee y me llame para hacerme el cargo de la factura. - Así lo haré. Hay que ver con que ímpetu se levanta Ud. Viene una a tomarse un café y parece que se ha metido en la ducha. Y además se mancha - Vuelvo a decirle que me perdone. Ante esta incómoda situación, me metí la mano en el bolsillo, saque unas monedas y le dije a la camarera. - Cuanto es el café de mi amigo. - 1,60 señores. - Cóbrese, le doy 2 €. Mariano creo que nos debemos de ir. Señora tranquilícese. Mi amigo es un caballero y le repondrá el daño. - Las vueltas. - Quédeselas - Gracias. - Adiós. Mi amigo me siguió hasta la calle. Anduvimos unos cuantos pasos. Nos volvimos de frente. Nos dimos un abrazo riéndonos a mandíbula batiente. La gente se nos quedó mirando.