Volvimos a quedar otro día para dar una vuelta nocturna antes de ir a casa. Esta vez quedamos en
la cafetería la “Antigua” al lado del trabajo y tras tomarnos nuestras respectivas aguas nos pusimos
a andar.
De pronto me dice Mariano:
-Te has enterado del caso de Clare Irby que debió pensar que 11 horas de vuelo entre Bangalore y
Heathrow eran demasiadas y le dio por beber. Y no una copita con la comida: tres botellas a piñón y
en apenas 90 minutos.
-No me he enterado
-Pues sí. –Dijo Mariano, muy enterado de la noticia- Así las cosas, no es de extrañar que posara los
pañales sucios de su hijo sobre una fila de asientos vacíos y que le dejara correr a su libre albedrío
por el pasaje como Dios le trajo al mundo. Signos de que algo no iba bien que atrajeron las miradas
de soslayo de las azafatas y los rostros estupefactos de los pasajeros.
-Pero bueno ¿alguna pasajera borracha?
-Sí, sí, y, sin embargo, aquellas fueron sólo muestras de lo que se avecinaba:
una deriva etílica formidable que ha terminado esta semana en un tribunal de
Londres. Irby, que ha si se llama la individua, acaba de cumplir los 30 años y no
se le conoce oficio ni beneficio. Sería una de las muchas madres solteras de la
capital inglesa si no fuera porque su nombre está en el árbol genealógico de la
familia Guinness y porque su abuelo estudió en Elton y fue presidente de uno de
los bancos con más solera de la City.
-¡No me digas!
-Según cuentan los tribunales: Detalles que se antojan irrelevantes con cuatro copas de más y a
10.000 metros de altura y que de ningún modo ablandaron al sobrecargo ni a las azafatas que
tuvieron que vérselas con su melopea. Según explicó una de ellas al juez, el alcohol excitó la
agresividad de Irby, que empezó a llamar compulsivamente a las azafatas. "Apretaba el botón",
recordaba la testigo, "y cuando íbamos a ver qué quería nos llamaba putas. No estaba contentilla:
estaba completamente borracha. No se le entendía nada y no dejaba de pedir más vino". Informado
de su estado, el capitán ordenó a la tripulación que dejara de servirle alcohol. Una orden que no
hizo sino poner a Irby en el disparadero y recrudecer su guerra contra las azafatas. "Nos dijo que le
habíamos robado sus diamantes", dijo la testigo, "y que debíamos darle una botella de vino a modo
de reparación por ellos".
-Buen cambio diamantes por vino. ¡Sí que estaba borracha!
-Por supuesto los diamantes aparecieron y a la pasajera beoda le dio entonces por cambiarse de
ropa. Una operación que no acometió dentro del baño sino a la vista de todos, despojándose de su
falda amarilla y dejando ostentosamente el tanga al aire por unos minutos. Demasiado para los
estándares del pudor británico y para el aguante de sus compañeros de vuelo, que para entonces
debían de estar intrigadísimos con su deriva. Y eso que lo mejor estaba aún por venir. Porque las
estrecheces de la ley seca hicieron que Irby se decidiera a seducir primero a uno de los pasajeros y
a magrearse luego con él debajo de una manta sin importarle que su novia durmiera plácidamente
en el asiento de al lado.
-No j…..
-"El hombre se inclinó sobre ella y manoseó una de sus tetas", dijo una de las azafatas, "mientras, el
niño se paseaba llorando por la cabina. Su madre estaba demasiado ocupada con aquel hombre".
-¿Qué pena, en los aviones que viajo no pasen cosas así?
-El magreo lo frenó en seco la novia del tipo, que se despertó y lo pilló en plena faena con Irby. La
tripulación tuvo que tranquilizarla porque quería emprenderla con los dos antes siquiera de que el
avión llegara a pisar suelo británico. Clare Irby fue detenida por la policía a su llegada al aeropuerto
de Heathrow y entonó el mea culpa por la borrachera.
-Y como termino esto. –Dije yo-
-Pues la verdad no lo se, incluso creo que dijeron que la habían absuelto
-Buenísimo. Los pasajeros seguro que no se enteraron del viaje y fueron súper entretenidos.
Seguimos andando y riéndonos de vez en cuando. El mundo está loco.
© PLCF 2009
020-Irby: La borracha