Nuevamente, otra tarde, estábamos sentados en una terraza del paseo, Mariano y yo. De pronto,
como si tuviese un resorte, donde la espalda pierde su nombre, Mariano se puso de pie y llamo a
una señorita que pasaba con cierta prisa.
-Begoña, ¿qué tal estás?
-Hombre Mariano ¡que sorpresa!.
-Estoy aquí con un amigo. Te lo presento. Mira –dirigiéndose a mí-, ¿te acuerdas de mi amigo
Josetxo Larrañaga de San Sebastián?
-Si claro, como no me voy acordar. –Dije, poniéndome de pie.
-Es su hija Begoña que está estudiando aquí, en la Universidad.
Begoña se abalanzo hacia mí para darme dos besos. Era una criatura espectacular, guapísima,
veinte años, 1,85 m. o 1,90 m. de altura, una cara angelical, sin maquillaje, solo con la cara lavada,
radiante. Rubia, color oro, natural, unos ojos bellísimos, color azul claro. Un cuerpazo
impresionante, delgada, no anoréxica, con todo en su sitio. Iba vestida con minifalda negra, no muy
corta, pero si insinuante, camisa de manga corta, blanca, abierta hasta la mitad de los pechos. No
llevaba sostén. En la camisa se le marcaban los pezones, puntiagudos y duros. Una chica 10. Toda
una vasca maciza.
-Vas un poco agitada, siéntate con nosotros y nos cuentas que te pasa –dijo Mariano.
Nos sentamos y empezó a contarnos que estaba muy acalorada pero ya se le estaba pasando y
prosiguió:
-¡¡Era mi primera vez!! Salí de casa sumamente nerviosa, no sabía cómo sería aquello. Además, era
mi primera vez, sin embargo, ya se lo había prometido y no podía echarme atrás. No debía tener
miedo. Al fin y al cabo era yo quien había querido voluntariamente. Cuando llegué a la puerta un
escalofrío estremeció todo mi cuerpo.
Mariano estaba con la boca abierta.
Begoña continuó.
-Luego, al abrir la puerta, tuve que hacer un esfuerzo por controlar el temblor de mis piernas.
Entré... y allí estaba él esperándome, sonrió e inmediatamente me tomó por el brazo y me llevó a
una habitación muy bonita. Amablemente, me invitó a acostarme y me dijo que me pusiera cómoda,
que me relajara... que él estaba acostumbrado a hacerlo y que no me iba doler. Aunque era mi
primera vez, él me inspiró bastante confianza y comprendí que no podría encontrar una persona
más adecuada para hacer lo que estaba a punto de hacer, dada toda su experiencia. Poco a poco,
se fue acercando. Creo que notó mi nerviosismo y trató de tranquilizarme diciéndome que era un
verdadero experto y que sabía perfectamente cómo hacerlo, ya que lo había hecho muchas veces y
nunca había recibido ninguna queja.
Mariano se iba quedando blanco y sus orejas de color rojo vivo.
Begoña siguió contando.
-Por fin, cuando mis músculos comenzaron a relajarse, me indicó cuál era la postura más adecuada
y, poniéndome la mano en el hombro, continuó diciéndome cosas muy agradables para darme
ánimo. Fue en ese momento cuando comencé a sudar. De pronto, la proximidad entre los dos se
hizo inminente, sentí la presión de sus manos en mi brazo y el cálido aliento de su boca acercarse a
mi rostro. La verdad es que tanto Mariano como yo seguíamos con mucha atención el relato de la
jovencita.
-De repente, me entró algo duro y me estremecí, ya que mi cuerpo no estaba acostumbrado a este
tipo de sensaciones y comencé a ponerme muy ansiosa. De pronto, comencé a sentir un dolor
insoportable y lancé un grito mientras todo mi ser se estremecía. A medida que transcurrían los
minutos el dolor se iba haciendo más y más fuerte y no tardó en empezar a salirme un poquito de
sangre. Le supliqué que sacara su instrumento por un momento, porque me estaba doliendo mucho,
pero me dijo que no podía dejarme así.
Grité angustiada y dolorida hasta que me salieron unas lágrimas.
Mariano estaba al borde del colapso. Un sudor frío le recorría la cara. Se sacó un pañuelo de papel,
se lo pasó por la frente y se deshizo en trocitos minúsculos que se le quedaron pegados en la piel.
Begoña seguía.
-Inesperadamente, el dolor cesó y mi cuerpo fue recorrido por una indescriptible
sensación de bienestar y placer. Entonces, me di cuenta de que todo había
acabado y finalmente llegó la hora de marcharme. Le pregunte cuanto le debía y
me dijo que 90 euros.
-¡Encima te cobro! Hay que ser sinvergüenza.
-¿Por qué dices eso? –Exclamo Begoña
-No le hagas caso, sigue. –Dije yo
-Pues menos mal que fueron 90 euros. Ya se lo había preguntado antes de ir, porque si no tendría
que haber esperado que el aita me hubiese enviado dinero. Además tengo que volver dentro de dos
meses y entonces sí que el aita me tendrá que mandármelo.
-¿Pero has sido capaz de pedírselo a tu padre?. -Dijo Mariano con sorpresa
-¿A quién sino?. Como bien podréis imaginar le agradecí a mi dentista que me hubiese sacado esa
muela que tanto me dolía y me despedí pidiéndole disculpas por mi comportamiento tan exagerado.
Mariano dio un respingo, hacia atrás, que se cayó de la silla. Fue tan aparatoso que Begoña y yo
nos pusimos de pie, el camarero vino corriendo, todos para ayudarle.
Cuando estábamos todos repuestos, le dije al camarero.
-A mi amigo tráigale un whisky –con la cabeza, Mariano, me decía que sí-, a la señorita un helado
de cucurucho y para mí un agua con gas con mucho hielo.
-No quiero un helado –dijo Begoña.
-Un helado te sentará muy bien. Las cosas frías para la boca vienen muy bien. Además el
cucurucho lo chupas y es mucho mejor. -Le dije.
-Hala chupar, ahora chupar. –Dijo Mariano.
© PLCF 2010
036-La primera vez