Con mi amigo Mariano  Conversando en libertad
En plenas fiestas del Pilar, Mariano y yo, decidimos, puesto que ir por la calle era imposible dar un paso, refugiarnos en su apartamento. Allí nos dirigíamos cuando nos encontramos con Agapito, un compañero de Mariano de la Universidad. Los tres llegamos al refugio de nuestro anfitrión y cerramos bien las ventanas por el ruido de charangas, claxon de los coches, voces y gritos de los viandantes. Mientras Mariano sacaba unas cervezas y comunicarnos Agapito que su madre había fallecido, tras darle nuestro pesar, Mariano le dijo: -Deberías contarle a mi amigo lo de las croquetas de tu abuelo y lo de la carta de tu abuela. -Hombre otra vez no. –Dijo Agapito. -Anda hombre cuéntalo que lo haces con gracia. –Insistió Mariano. -Vale lo cuento por millonésima vez. Mis abuelos eran gallegos. Después de la guerra civil y puesto que era contrario a Franco, emigro a Estados Unidos con un hijo suyo, o sea con mi tío, que era mayor que mi madre. Pasó el tiempo y las noticias de mi abuelo con mi abuela eran cada vez más distantes. Como mi abuelo había dejado la imagen de «rojo» en la pedanía gallega donde vivían, mi abuela lo pasaba muy mal. Ella, mi madre y mi tío, el pequeño, pasaron hambre. Nadie quería darles trabajo por mi abuelo el “antifranquista”, como le llamaban los lugareños. De vez en cuando recibían algún paquete con comida, abierto por el funcionario de correos y el sargento de la Guardia Civil que se quedaban con la mitad o más del contenido. Al parecer los rojos no tenían derecho a comer. Un día llego un paquete raro. Una caja cuadrada cerrada, hasta que la abrió el sargento, y al no entender lo que era no requisó nada. Era una especie de harina grisácea, que se quedaba pegada en los dedos. No traía ninguna nota ni nada. Mi abuela la dejo en la cocina. Un día dijo: “Eureka, ya sé lo que es”. Llamo a sus hijos y les dijo “esto debe de ser harina”. Llego el domingo y como comida extraordinaria la mujer se puso hacer unas croquetas. Aquello era como una masa fea y poco compacta. Las sirvió y al primer bocado aquello era incomible. Realmente asqueroso. Les daba nauseas. El hambre apretaba, y no había otra cosa, así que cada uno comió tres. Sobraron y las dejaron en la cocina para la cena. A mitad tarde llamaron a la puerta y era el cartero. Era una carta de su hijo y que decía lo siguiente: “Nuestro padre a muerto (q.e.d.). Aquí en Estados Unidos es costumbre incinerarlos por ello, madre, recibirá una caja con las cenizas de padre”. Mi abuela se desmayó del susto. Como no volvía en sí, mi madre fue a buscar al médico, un joven falangista. Cuando llego mi abuela seguía desmayada. Tras ponerle debajo de la nariz amoniaco volvió en sí. El médico se interesó de lo que había ocurrido. Mi madre y mi tío se lo contaron. El médico fue a contárselo al Alcalde y este se lo dijo al sargento de la Guardia Civil. Una hora más tarde todos estaban en casa de mi abuela. La autoridad competente, el sargento, solo sabía decir a mi abuela que era “una caníbal roja”. El Alcalde termino la discusión manifestando que esto era cosa de la Iglesia. Así pues todos, médico, sargento, alcalde, mi abuela e hijos, fueron a la Iglesia del pueblo. Don Salustiano, el párroco, estaba en la sacristía comiéndose un chocolate con picatostes, que le había preparado la sobrina. Se lo contaron todo, le enseñaron las cenizas, la carta y las croquetas. El sargento insistía en que era una familia de caníbales. En esto que apareció el Juez de Paz quien dijo que no sabía qué delito se podría haber cometido. Don Salustiano les dijo que tenía que consultarlo. Salió de la sacristía se arrodillo ante el Altar, durante unos minutos. Mientras tanto todos los demás estaban en la puerta de la sacristía viendo al cura con un silencio sepulcral. De pronto se puso en pie y se dirigió de nuevo hacia ellos y les dijo: “No queda otro remedio, esta familia es inocente desde todos los puntos de vista. Las cenizas son de un difunto, por lo tanto hay que sepultarlas. Las croquetas tienen restos del difunto y por lo tanto también hay que darles sepultura”. El sargento puntualizó que el muerto era rojo y no podrá ser enterrado en “Campo Santo”. Don Salustiano se volvió hacia el de la benemérita y le dijo: “Don Agapito fue un buen cristiano aunque estuviese en el lado equivocado”. El Alcalde indicó: “Estoy de acuerdo con don Salustiano. Se hará un funeral y se le enterrará como cristiano que era, pagándolo el Ayuntamiento”. Dirigiéndose a la fuerza viva: “Quien esté libre de pecado que tire la piedra” recordándole episodios del pasado, quien se cayó para siempre. Así fue al día siguiente se hizo el funeral “cenizas y croquetas in sepulto”. Se introdujo todos los restos en un ataúd de niño y fue enterrado en el cementerio. Acudió toda la pedanía. Mariano y yo no sabíamos si aplaudir, reír o llorar. Había sido muy emocionante. Quedamos con Agapito al día siguiente para leer la carta a su abuela, puesto que la tenía plastificada para que no se le estropease.
© PLCF 2010
Home Lab. culinario Arte gastronómico Fotos viajes
040-El entierro de las croquetas
Con mi amigo Mariano  Conversando en libertad
040-El entierro de las croquetas
Home Lab. culinario Arte gastronómico Fotos viajes
En plenas fiestas del Pilar, Mariano y yo, decidimos, puesto que ir por la calle era imposible dar un paso, refugiarnos en su apartamento. Allí nos dirigíamos cuando nos encontramos con Agapito, un compañero de Mariano de la Universidad. Los tres llegamos al refugio de nuestro anfitrión y cerramos bien las ventanas por el ruido de charangas, claxon de los coches, voces y gritos de los viandantes. Mientras Mariano sacaba unas cervezas y comunicarnos Agapito que su madre había fallecido, tras darle nuestro pesar, Mariano le dijo: -Deberías contarle a mi amigo lo de las croquetas de tu abuelo y lo de la carta de tu abuela. -Hombre otra vez no. –Dijo Agapito. -Anda hombre cuéntalo que lo haces con gracia. –Insistió Mariano. -Vale lo cuento por millonésima vez. Mis abuelos eran gallegos. Después de la guerra civil y puesto que era contrario a Franco, emigro a Estados Unidos con un hijo suyo, o sea con mi tío, que era mayor que mi madre. Pasó el tiempo y las noticias de mi abuelo con mi abuela eran cada vez más distantes. Como mi abuelo había dejado la imagen de «rojo» en la pedanía gallega donde vivían, mi abuela lo pasaba muy mal. Ella, mi madre y mi tío, el pequeño, pasaron hambre. Nadie quería darles trabajo por mi abuelo el “antifranquista”, como le llamaban los lugareños. De vez en cuando recibían algún paquete con comida, abierto por el funcionario de correos y el sargento de la Guardia Civil que se quedaban con la mitad o más del contenido. Al parecer los rojos no tenían derecho a comer. Un día llego un paquete raro. Una caja cuadrada cerrada, hasta que la abrió el sargento, y al no entender lo que era no requisó nada. Era una especie de harina grisácea, que se quedaba pegada en los dedos. No traía ninguna nota ni nada. Mi abuela la dejo en la cocina. Un día dijo: “Eureka, ya sé lo que es”. Llamo a sus hijos y les dijo “esto debe de ser harina”. Llego el domingo y como comida extraordinaria la mujer se puso hacer unas croquetas. Aquello era como una masa fea y poco compacta. Las sirvió y al primer bocado aquello era incomible. Realmente asqueroso. Les daba nauseas. El hambre apretaba, y no había otra cosa, así que cada uno comió tres. Sobraron y las dejaron en la cocina para la cena. A mitad tarde llamaron a la puerta y era el cartero. Era una carta de su hijo y que decía lo siguiente: “Nuestro padre a muerto (q.e.d.). Aquí en Estados Unidos es costumbre incinerarlos por ello, madre, recibirá una caja con las cenizas de padre”. Mi abuela se desmayó del susto. Como no volvía en sí, mi madre fue a buscar al médico, un joven falangista. Cuando llego mi abuela seguía desmayada. Tras ponerle debajo de la nariz amoniaco volvió en sí. El médico se interesó de lo que había ocurrido. Mi madre y mi tío se lo contaron. El médico fue a contárselo al Alcalde y este se lo dijo al sargento de la Guardia Civil. Una hora más tarde todos estaban en casa de mi abuela. La autoridad competente, el sargento, solo sabía decir a mi abuela que era “una caníbal roja”. El Alcalde termino la discusión manifestando que esto era cosa de la Iglesia. Así pues todos, médico, sargento, alcalde, mi abuela e hijos, fueron a la Iglesia del pueblo. Don Salustiano, el párroco, estaba en la sacristía comiéndose un chocolate con picatostes, que le había preparado la sobrina. Se lo contaron todo, le enseñaron las cenizas, la carta y las croquetas. El sargento insistía en que era una familia de caníbales. En esto que apareció el Juez de Paz quien dijo que no sabía qué delito se podría haber cometido. Don Salustiano les dijo que tenía que consultarlo. Salió de la sacristía se arrodillo ante el Altar, durante unos minutos. Mientras tanto todos los demás estaban en la puerta de la sacristía viendo al cura con un silencio sepulcral. De pronto se puso en pie y se dirigió de nuevo hacia ellos y les dijo: “No queda otro remedio, esta familia es inocente desde todos los puntos de vista. Las cenizas son de un difunto, por lo tanto hay que sepultarlas. Las croquetas tienen restos del difunto y por lo tanto también hay que darles sepultura”. El sargento puntualizó que el muerto era rojo y no podrá ser enterrado en “Campo Santo”. Don Salustiano se volvió hacia el de la benemérita y le dijo: “Don Agapito fue un buen cristiano aunque estuviese en el lado equivocado”. El Alcalde indicó: “Estoy de acuerdo con don Salustiano. Se hará un funeral y se le enterrará como cristiano que era, pagándolo el Ayuntamiento”. Dirigiéndose a la fuerza viva: “Quien esté libre de pecado que tire la piedra” recordándole episodios del pasado, quien se cayó para siempre. Así fue al día siguiente se hizo el funeral “cenizas y croquetas in sepulto”. Se introdujo todos los restos en un ataúd de niño y fue enterrado en el cementerio. Acudió toda la pedanía. Mariano y yo no sabíamos si aplaudir, reír o llorar. Había sido muy emocionante. Quedamos con Agapito al día siguiente para leer la carta a su abuela, puesto que la tenía plastificada para que no se le estropease.
© PLCF 2010