Era 31 de diciembre. Dos días antes Mariano me había preguntado “si para nochevieja haría lo que
él preparara”, tras darle mi conformidad solo me dijo que me llevase ropa de abrigo. Así lo hice. El
mencionado día 31 a las doce y media pasaba por mi casa en su 4x4 para ir a un sitio desconocido.
Nada más subir al coche se desveló el misterio.
-Vamos a Tellerda. Vamos a pasar la nochevieja en un pueblo, pueblo, en una casa rural, rural. Algo
diferente.
Algunas veces Mariano me deja sorprendido. Pero esta vez se había superado. Había oído de este
bonito y pintoresco pueblo oscense y tenía curiosidad por conocerlo. Mariano se dirigió hacia la
carretera de Barbastro, para luego subir hacia Aínsa. Saque de mi bolsillo un navegador y busque,
infructuosamente, Tellerda. Al cabo de rato me canse y dije:
-Tellerda no está en mi navegador
-Claro tienes un Tom Tom. En el mío sí que está, es un Lis Tom.
Ante aquello me calle un buen rato. Mariano hablaba y hablaba. Cuando me preguntaba le
respondía con monosílabos. Llegamos a Barbastro y Mariano paró el coche me dijo que era la hora
de comer. Así lo hicimos. Entramos en el Restaurante Flor, recomendando por Michelin. Allí
hablamos de todo un poco. La ley Sinde, de wikileaks, de la prohibición de fumar, de las pensiones y
de un largo etc...
Una vez terminada la comida volvimos a coger el vehículo y hacia Tellerda. Cogimos el desvío y
empezamos a subir un puerto. Cuando llevábamos unos diez kilómetros empezamos a ver nieve,
que al principio estaba en las cunetas pero, poco a poco, iba invadiendo la calzada. Seguíamos
subiendo y Mariano dijo;
-Tenemos que subir a mil doscientos metros.
-¿Llevas cadenas?
-Las ruedas son especiales para nieve. No obstante sí que llevo cadenas. Si nos culéa el coche,
que tiene tracción a las cuatro ruedas y si es necesario, las ponemos.
Así pues seguimos subiendo muy despacio. El precipicio era de los que te imponen. La tarde se iba
convirtiendo en noche. Vimos un tractor que iba por nuestro carril con la misma dirección. Aunque el
campesino nos dejaba paso, Mariano paro y se fue hablar con él. Baje un poco la ventanilla y oí la
conversación. Mariano le indicaba que iría detrás de él. El tractor también iba a Tellerda, puesto que
esa carretera terminaba en el pueblo. Así fue, el tractor delante y nosotros detrás. Cuarenta y cinco
minutos más tarde llegábamos a Tellerda de noche cerrada a las seis de la tarde. A la entrada no
estaba el típico cartel de carretera con el nombre del pueblo, sino un madero con un tablón en forma
de cruz donde estaba tallado el nombre de Tellerda.
La temperatura que marcaba el coche del exterior era de diez bajo cero. Así que al abrir la puerta y
antes de poderte poner el chaquetón de piel, un escalofrío recorrió mi cuerpo y pensé “esta noche
muero congelado”. Un olor a pan recién hecho entro por la pituitaria. Mientras yo intentaba averiguar
algún cartel que indicase “Casa Rural”, Mariano se dirigió hacia el origen del olor, o sea, la tahona.
Enseguida vi a una señora, entrada en años, que me dijo:
-¿Us sois los de la capital?.
-Si –respondí
-Esta es la casa rural.
Así pues me dirigí hacia la señora.
-¿Us no erais dos?.
-Si señora. Mi compañero se dirigió hacia la panadería.
-Allí us están haciendo la cenecica.
Enseguida vino Mariano, quien nos explicó que en la panadería no había nadie pero al lado estaba
el bar y que allí le habían indicado.
-El “Zarpas” es un buen zagal –dijo la señora que continuó- y no me digáis más señora, llamarme “la
Mari” y ya está. Los de la capital sois muy requetefinos.
-Allí nos instalamos. Cuarenta minutos después de estar delante de la chimenea, me despoje del
chaquetón, bufanda y guantes. Tras dejarlo todo en nuestros dormitorios, de lo más rústicos, nos
sentamos delante de la lumbre a charlar, un rato, hasta que el panadero nos trajese el “irasco”,
cabrito, que era en lo que consistía nuestra cena. Justo enfrente de la chimenea había un gran
televisor moderno donde “la Mari” nos indicó que podríamos ver las campanadas. “Mal porque la
señal era malísima, pero se oía bien". En una alacena estaba el postre, fruta y una fuente con el
famoso “guirlache janovés”. Aunque Jánovas es un pueblo de la comarca que fue desalojado para
construir un pantano, que no se ha construido, la fórmula de “guirlache” lo heredaron otros pueblos
de la región y cuyo ingrediente principal es “hacerlo con mucho amor”. Al lado como dejado por
olvido, pero con la intención de que lo veas, había un libro de tapas marrones oscuras, para la luz
de la habitación, titulado “Historias de Tellerda” escrito por un tal José María Morales. Libro
delgado. Lo abrí y leí un par de capítulos y me pareció muy interesante. Fácil de leer y escrito para
entender lo que pone. Yo diría un buen libro lleno de historias de todo tipo. Ameno.
A las nueve en punto apareció en panadero con el irasco asado y como el mismo dijo “con patatas
panadera” y se echó a reír.
Llegaron las uvas y nos las comimos al ritmo de las campanadas y después, nos dieron la una, nos
dieron las dos, nos dieron las tres…., como a Sabina, hasta que agotamos los temas de
conversación y nos fuimos a dormir con tres mantas en la cama. Me había prometido Mariano una
nochevieja diferente y de verdad que si lo fue. Las conversaciones en libertad las dejamos para
otros días
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049-Nochevieja en Tellerda