Vino Mariano a mi casa.
-¿Es verdad lo de Bolsa?
-Si
-¿Lo que dice la prensa es cierto?
-Si
-¿No quieres hablar?
Alargué una carta sin dirección y Mariano la leyó
Querido Jose Antonio:
Tengo un tremendo vacío, el mismo que cuando mis padres o familiares me
dejaron para reunirse con el Supremo Hacedor.
Hace seis meses que no sabía de ti. No ha habido día que no me haya acordado.
Habré realizado más de cien llamadas a tu número fijo y al móvil, sin recibir respuesta. Los que
conviven alrededor mío saben de mi preocupación. Lo que realmente siento es no haberte ayudado
lo suficiente.
Nos conocimos hace 35 años y desde el principio tuvimos una gran amistad. Tu forma de ser
peculiar, tu buen corazón, tu generosidad, tu libertad, tu sinceridad, tu discreción, tu honestidad,
todo ello acompañado de tu inteligencia, son virtudes que mientras viva, y Dios me dé la posibilidad
de acordarme, no podré olvidarte.
Quizás todos los que te conocieron no supieron entenderte. Fuiste consciente de los desprecios y
menoscabos que te hacían, pero tu mejor virtud fue el silencio. Nunca hablaste mal de nadie. Tu
palabra nunca pudo herir a nadie. Guardabas silencio. Solamente en el último año me comentaste
cosas, hablamos pero comprendí que no tenías rencor. Tu perdón era total. Tu confianza, hacia mi
persona, te confió en que te guardase un juego de llaves. Me entregaste importantes documentos
de tus padres. Esa confianza ya venía de lejos, creamos una sociedad civil cuando estabas hasta
las narices que abusasen de ti y como único pago, de tus trabajos, fuese las “gracias”. Creo que
siempre te he tratado con respeto dándote el espacio que necesitabas. No obstante si algún mal te
he hecho, sin duda, sin ser consciente de ello, te pido perdón.
Tu trágica muerte, en el día del santo de tu querida madre (q.e.d.), de la que heredaste tu amor por
los demás, el darlo todo sin pedir nada a cambio, y el cariño a la familia. No puedo olvidar aquella
frase de doña Pilar que decía para referirse a ti “mi ternasco”. Familia humilde cuyo sacrificio fue
siempre darle una formación a su hijo único. También tu distes una lección de buen hijo no
separándote de tus padres hasta que el Señor los llamo.
Si fuese el encargado de tu epitafio pondría “UNA BUENA PERSONA”. Sin duda Sástago ha perdido
a un gran hijo.
Allí donde estés estoy seguro “amigo” que seguirás haciendo favores a los demás sin esperar que
nadie haga nada por ti.
Hasta siempre
PEDRO LUIS
-Me parece muy bien –dijo Mariano- ¿Quieres estar solo?
-Si –le conteste- a las siete iré a la Capilla de ahí enfrente.
-Te llamaré. Adiós.
-Gracias por entenderlo.
© PLCF 2011
060-Adios José Antonio